Arantza Ríos

Si alguna vez experimentas que prefieres prolongar tu jornada laboral,  antes que regresar a tu casa, con tu familia, párate en seco y reflexiona porque algo no va bien.

Hace unos meses esperábamos con impaciencia la llegada de mis dos hijas, después de un año en USA.  Y al mes de su llegada, la convivencia familiar estaba siendo complicada y estresante. Estábamos malhumorados, discutiendo constantemente unos con otros.  Me sentía tan mal en casa que prefería estar en la oficina antes que volver a casa.

Mi marido se sentía cómo la chacha de todo el mundo. No paraba de decir a mis tres hijos: recoge aquello, coloca esto, saca a la  perra, etc., pero no conseguía los resultados que él esperaba. Estaban todos de vacaciones y nadie hacia nada. Para él el hogar es el refugio, el nido, donde uno se siente tranquilo y a gusto y tanto él, como el resto, percibíamos un mal ambiente en el hogar.

Y yo me preguntaba: ¿Qué es lo que está pasando en nuestra familia? Estaba convencida de que alguna de las leyes del sistema no la estábamos cumpliendo. Según el coaching sistémico, la familia es un sistema y para que funcione bien debe de cumplir con estas tres leyes: sentimiento de pertenencia, respeto de prevalencia (quien ha llegado antes,  tiene prioridad sobre el que ha llegado después) y necesidad de equilibrio.

Un día, yendo al trabajo, después de haber tenido una mala vivencia con mi familia, pensé que no podíamos seguir así. Entonces, les llame por teléfono y les dije: os pido que esta tarde tengamos una reunión; quiero hablar con todos vosotros.

Cuando nos reunimos, lo primero que les pregunté fue si se sentían felices con la convivencia en familia que estábamos teniendo. Cada uno de nosotros fuimos exponiendo cómo nos sentíamos. Y nos dimos cuenta de que todos nos sentíamos mal.

A continuación, les fui preguntando a cada uno de ellos: ¿Cómo te gustaría que fuera tu vida en familia? Y lo fui anotando. Aún hoy lo conservo.

Después les pregunté: ¿Qué cosas les pedirías a cada uno de los otros que dejaran de hacer?, ¿Qué cosas les pedirías que siguieran haciendo? Y ¿Qué cosas les pedirías que empezaran a hacer?

¿Qué sacamos de esta experiencia?

Identificar que estábamos violando la ley sistémica del equilibrio. Al expresar mi marido su queja de que “él peso de las tareas domésticas estaban recayendo todo sobre él”, se puso de manifiesto que él sentía que estaba dando a la familia cinco sobre cinco, mientras que nuestros hijos aportaban cero.

Un plan consensuado de asignación de tareas, que fue el que nos devolvió el equilibrio a nuestro sistema familiar.

Un objetivo común por el que luchar: “sentirme feliz en mi familia”

Una dirección en la que remar. Ahora todos remamos en la misma dirección para conseguir ser el tipo de familia que habíamos decidido que queríamos ser.

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