Por Victoria Gimeno

Hoy quiero compartir unas reflexiones que me barruntan después de un triste suceso que he se ha conocido esta semana,   el  niño que se suicida y deja una carta en la que explica que lo hace porque es la única manera que encuentra de no ir al colegio.

No quiero incidir en esta tragedia, ni el bullyng, pero si quiero hablar de la importancia de que nos acepten los demás, que es la necesidad de pertenecer a un grupo,   y  que no es más que la  necesidad de que nos quieran. 

Y esa aceptación de los demás es clave para que nos aceptemos  a nosotros mismos y tiene mucho que ver con la felicidad.

¿Por qué necesitamos pertenecer a un grupo y aceptar sus valores, sus reglas? La respuesta a esta pregunta,  en mi opinión, está  muy ligada a uno de los miedos más atroces a los que se enfrenta el ser humano: el miedo a la soledad y al abandono. Pero no es la única respuesta, también lo es la necesidad de conformar nuestra propia identidad, dotarnos de unos valores que nos clasifiquen en círculos y evitar así el sufrimiento del rechazo.

Todos hemos visto películas sobre los campos de exterminio nazis, y nos hemos preguntado, ¿cómo puede el hombre llegar a ser tan cruel? Y hemos visto y leído  como muchos judíos se convertían en capos y eran los que hacían el trabajo más sucio en los campos, llevar a otros hombres a la muerte, y eran así aceptados entre los nazis.

Pero no hace falta ir a estos sucesos que nos llenan de pavor, para ver que esto,  está en la cotidianidad, el vecino que  la comunidad rechaza por “saltarse todas las normas de convivencia”;  en las empresas donde se aprueban y reprueban distintos comportamientos;  en las familias, colegios y  cualquier grupo social.

Nada hay más cómodo que estar en esa “zona de confort social”, en ese lugar donde ser aceptado por los demás es aceptarse a sí mismo. Solo algunos salen de ella y es fuera donde pueden ser ellos mismos y aceptados igualmente e incluso admirados.

Ahora pienso en el poema de Fernando Pessoa “Estanco”, dejó aquí algunos de sus versos, solo para la reflexión:

“Hice de mí lo que no supe
y lo que pude hacer de mí no lo hice. Vestí un dominó equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no era, y no lo desmentí, y me perdí
Cuando me quise quitar la máscara la tenía pegada a la cara.
Cuando me la quité y me vi al espejo ya había envejecido.
Borracho, no sabía ya vestir el dominó que no me había quitado.
Arrojé la máscara y dormí en el guardarropa como un perro al que tolera la gerencia por ser inofensivo.” 

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