Bajar la autoestima destruye a las personas

Por Victoria Gimeno

Muchas veces repito que bajar la autoestima de cualquier persona es un delito por el que se debería ir a la cárcel. Las secuelas que deja este hecho, en definitiva un maltrato, son muy difíciles de superar.

Esto me lleva a recordar algunos procesos de coaching que he tenido.

Pepe, en la primera sesión de coaching que tuvimos, me describió el mobbing que había padecido 10 años antes, y aunque en el momento en que le conocí se sentía feliz en su trabajo, aún no había ni olvidado ni perdonado a sus dos jefes que le sometían a un terrorífico acoso laboral. Al pedirle que me contase sus experiencias laborales, el solo hecho de tener que recordar a estos jefes, le generaba una emoción de tristeza y desolación, incluso físicamente notaba un ahogo por la ansiedad que le producía pensar en ello otra vez.

Habían pasado 10 años, pero toda su experiencia posterior le hacía huir de cualquier situación laboral que se le asemejase, empresas que se dedicasen a lo mismo, personas que hiciesen cualquier gesto similar o que reaccionasen de una manera parecida. Por su puesto, esto ejercía una influencia en su trabajo y en su vida 10 años después.

El acoso laboral o mobbing, aunque se manifiesta de diversas formas, tiene efectos destructivos en la seguridad y confianza de las personas, y en su salud física y mental. Además se hace de manera sutil por lo que es muy  difícil de demostrar.

A Pepe,  por ejemplo,  le descalificaban continuamente ante terceros especialmente frente a clientes,  no le dejaban ir a ninguna reunión y le aislaban del resto de las personas. Por supuesto no le informaban de temas que llevaban y luego le pedían cuenta de ellos.

Luis,  se sinceró en otra sesión,  contándome como su jefe invitaba a su compañero al palco de futbol del Real Madrid, aún a sabiendas de que él era un gran aficionado también. Este menoscabo se complementaba con reuniones continuas con su compañero sin contar para nada con él.

También recuerdo, otro coachee que tuve, a quién su jefe le mandaba hacer tareas sin darle ninguna guía ni orientación, exigiéndole que se buscase la vida, una vez las hacía, todas le parecían mal hechas a su jefe, y este además de darle un rapapolvo, le humillaba con una mirada de desdén, indicándole que era un inútil.

También, he conocido a Roberto a quien cada día le quitaban trabajo, lo que le llevaba a pensar como en los casos anteriores,  que él era incapaz. Cuando logró cambiar de trabajo, a pesar de ser un trabajo muy fácil de realizar para él porque había hecho mil cosas mucho más difíciles,  el creía que no podría hacerlo.

Por último quiero destacar a Manuela, a quien le mandaban realizar presentaciones con 35 minutos de adelanto, o le encomendaban tareas imposibles, al no poder realizarlas, se difundía el rumor de que era un desastre y no valía para nada.

En todos estos casos, se producía un acoso sistemático, mantenido en el tiempo, frente al resto de la gente de la oficina, sin que nadie reaccionase. Como no todos somos iguales, algunos de estos casos  de mobbing acaban en un psiquiatra por depresión. Otros salieron adelante, cambiando las creencias sobre sí mismos y mejorando su autoestima. Todos cambiaron de trabajo. Pero muchos desgraciadamente, no han perdonado y siguen siendo víctimas de sus verdurgos.

 

 

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